Dulce Patria es el mesón que con garbo inigualable regenta la exitosa hija de una artista y un cirujano. Concienzuda y creativa a la vez propone una reinterpretación de las cocinas tradicionales de su país y levanta el vuelo de la fama más allá de sus fronteras
Armando Coll
“Comer de una manera es identidad”. Con esa frase Martha Ortiz Chapa condimenta la tertulia en cierto momento. Y en el caso de la ama de los fogones del restaurante Dulce Patria, la identidad viene de un mestizaje que tuvo como banquete inaugural, aquella vez de hace medio milenio cuando el conquistador Hernán Cortés se sentó a la mesa con Moctezuma, señor de Tenochtitlán. Cuando el cerdo europeo aportó la manteca para las frituras que coronarían la frugal tortilla de los mexicas. Éstos en su lengua llamaron cochino a aquel animal de carnes y entrañas nutricias y de prolongadas siestas (cochi en nahua significa dormir)
Deja saber el gran cronista mexicano, Salvador Novo: “Consumada la Conquista, sobreviene un largo período de ajuste y entrega mutuos; de absorción, intercambio, mestizaje: maíz, chile, tomate, frijol, pavos, cacao, quelites, aguardan, se ofrecen. Dualidad creadora, representan la aparentemente vencida, pasiva, parte femenina del contacto. Llegan arroz, trigo, reses, ovejas, cerdos, leche, quesos, aceite, ajos, vino y vinagres, azúcar (…) representan el elemento masculino”
“Me encanta ser y sentirme mexicana. Me precio de mi pelo negro, mis ojos negros”, declara dulcemente su orgullo. “Dulce patria es femenino, integrador, tiene un devenir, es una herencia depurada…”, define el mesón que con garbo regenta en la elegante zona de Polanco en Ciudad de México...
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